“Chic” es la palabra que mejor describe a esta ciudad. Construcciones majestuosas con fachadas de finos acabados, bordeadas de cafés llenos de gente, hasta en las calles más pequeñas… Esto es Montpellier. Sus grandes áreas verdes, como el parque de “l”Esplanade” o el “Jardin des Plantes” se encargan de implantar el contraste e invitan al descanso.
Uno de mis lugares favoritos y dónde me gustaba estar sola era el “Parc du Peyrou”. Ubicado encima de la ciudad, ofrece una impresionante vista panorámica: al norte, los 658 metros de altura del pico Saint Loup, la montaña más alta de la región, y, al sur, si el clima lo permite, ¡podemos divisar la costa! Este parque sirve igualmente como terreno de ejercicios para todos los deportistas que desean mantenerse en forma durante su viaje de estudios…
Parc du Peyrou
Solía ir muy a menudo, temprano en la mañana, cuando las panaderías comenzaban a abrir. Allí, con mis zapatos de deporte, corría en compañía de un sol que comenzaba a brillar…
Place de la Comédie
¿Qué sería Montpellier sin su “Place de la Comédie”? Punto de encuentro de jóvenes y adultos, esta plaza es el lugar donde comienza la agitada vida nocturna de la ciudad, ¡desde el martes por la noche! En lo que respecta a las salidas, les puedo asegurar que aquel que busca el contacto y muestra un poco de interés hacia los otros, no tendrá problemas para conocer gente nueva. Ya sea en el famoso bar “Oxymore” o durante las numerosas manifestaciones culturales que se celebran a lo largo del año, le sobrarán las posibilidades de divertirse entre amigos. A medida que se prolongaba mi estadía en Montpellier, yo no atravesaba esta plaza de forma ovalada sin toparme con un rostro conocido. Es simplemente el punto de encuentro por excelencia de la ciudad vieja.
(Importante: cada año en el mes de septiembre es cuando comienzan las clases en las universidades, y las posibilidades de conocer a un verdadero francés o a una verdadera francesa son particularmente más elevadas a partir de esta época que durante el verano.
No es sorpresa que Montpellier se haya convertido en destino atractivo para todo tipo de estudiantes. Esta pequeña joya se encuentra a la altura de todas las exigencias. Hasta el mes de octubre, los autobuses hacen el trayecto de diez kilómetros hasta las playas casi desiertas, donde vale la pena relajarse después de un largo día de curso de francés. ¡Y uidado! Aunque el mistral sopla con violencia en otoño, el riesgo de sufrir quemaduras de sol es elevado!).
¡Vamos a la playa!
Desde Sète, el pueblito de pescadores, hasta Nîme y su Pont du Gard, pasando por Arles, tantas veces representado en los cuados de Van Gogh, o incluso el Castillo de Flaufergues, los alrededores de Montpellier están llenos de curiosidades a las que se puede llegar a pie, en tren o en autobús, ya que se encuentran a una distancia relativamente corta de la ciudad. Igualmente, la escuela Klesse propone una gran variedad de excursiones y actividades a precios razonables.
El mercado de Arles:
El Vieux Port en Sète:
El Castillo de Flaugergues:
En general, estuve muy satisfecha de la escuela Klesse, y no solamente a nivel de la infraestructura, del bonito edificio en sí mismo y de su ubicación céntrica. Las clases pequeñas permiten participar de manera muy activa y hablar francés sin pena, lo que ayuda a progresar con rapidez. Esto y la gran variedad de culturas presentes en la escuela favorecen las discusiones interesantes y los debates apasionados. El contenido de los cursos me pareció completo y divertido a la vez, y los temas de estudio muy variados, dado que el conocimiento de la cultura (y de la cocina) francesa se desarrolla en casi la misma medida que el idioma.
Felicitaciones en particular a mis profesores competentes y comprometidos, quienes me prepararon muy bien a mi examen de francés. ¡El mejor recuerdo que guardaré de estas 10 semanas de curso de francés es que aprobé el examen DALF, nivel C1!
La vista desde mi salón de clases:
Para empaparme aún más del estilo de vida francés, había decidido hospedarme en casa de familia. Gracias al espíritu abierto de la familia, así como a su flexibilidad y a su amabilidad, me pude sentir rápidamente como en casa. Mis expectativas gastronómicas también quedaron satisfechas: para cenar, mi mamá “anfitriona” nos consentía con sus especialidades de la región, acompañadas de una copa de vino, ¡por supuesto! Siempre se mostró muy amable y me dio algunas de sus recetas secretas para que pudiera llevarme un poco de arte culinario a la casa.
¡Les presento mi más bonita “crêpe”!
¡Se necesita mucha práctica para que queden así de finas!

A diferencia de la cultura suiza, el arte culinario y el arte de vivir alrededor de la mesa es una parte esencial de la vida en familia francesa. En otras palabras, es la ocasión ideal para debatir sobre cuestiones políticas, hablar de trabajo o, simplemente, intercambiar nuevas recetas de cocina… Ya se podrán imaginar el ambiente animado que caracteriza estos momentos. Y cuando, entre este frenesí de palabras, lograba comprender alguna expresión idiomática y podía reírme a carcajadas como los demás, ¡me sentía particularmente orgullosa!















