Viajé a Inglaterra para un curso de idiomas en Newcastle de tres meses en una escuela llamada International House. Era un lugar excelente, con profesores igualmente excelentes y una acogida muy cálida. Quedé impresionado por la organización de la escuela: se notaba que estaban acostumbrados a recibir nuevos estudiantes cada lunes. Me encantaron las clases; eran interesantísimas. Allí parecían tener un don especial para que siempre prestásemos atención en clase. Había estudiantes procedentes del mundo entero, lo cual hacía el curso aún más enriquecedor, permitiéndome aprender muchas cosas sobre los demás países, culturas y tradiciones. Cada viernes, hacíamos un test con el fin de comprobar si el nivel en que estábamos nos convenía o no, y si podíamos ascender o no; en caso de suceder esto último, el lunes teníamos que comprobar en un tablero en qué clase nos habían colocado; todo estaba muy bien organizado.
La escuela proponía programas sociales tres veces por semana; cada lunes, nos entregaban la lista de actividades semanales. Generalmente, los martes íbamos a tomar una copa todos juntos, para entablar nuevas amistades y practicar nuestro inglés. También había, todos los jueves, un programa diferente: una cena canadiense (food party), o jugar a bolos, o ir al cine, u otras cosas… y los sábados se organizaba una excursión a otra ciudad o a algún lugar para visitar; fui a varias de ellas y me alegro de haberlo hecho.
Respecto al alojamiento, me hospedaba en la residencia estudiantil “Charlotte House”, donde compartía mi apartamento con otros cinco estudiantes, aunque cada uno de ellos contaba con su propia habitación. Disponíamos de salón, cocina y dos cuartos de baño comunes. Mis coinquilinos eran encantadores y me hicieron sentir “como en casa” desde el primer día. El ambiente era excelente; siempre aprendía algo nuevo cada día mientras practicaba mi inglés con ellos. La residencia se encontraba a cinco minutos a pie de la escuela; como estaba muy bien ubicada, en pleno centro urbano, lo tenía todo a mi alcance. Para ir de compras, tenía a mi disposición grandes centros comerciales y muchas tiendas. Asimismo, para comprar la comida iba a un supermercado no lejos de donde residía.
También me inscribí en un gimnasio, con un contrato de tres meses por sólo 80 £, precio especial para estudiantes: baratísimo, y por si fuera poco, al lado de casa, lo cual me motivaba aún más. En cuanto a las salidas (si te gusta salir, claro está) la gente de allí no se divierte solamente los fines de semana. Salíamos a menudo en grupo, y como estábamos situados en una zona muy céntrica, todo lo teníamos muy cerca. Conocí a personas formidables que jamás podré olvidar. Creamos lazos muy fuertes entre todos; no fue fácil despedirme de mis compañeros el último día.
En cuanto a mi inglés, (…) hice grandes progresos desde el primer día; por entonces, me sentía realmente bloqueado, pero a base de practicar el idioma en casa, en la escuela y en la calle, uno va mejorando continuamente sin duda alguna. No lo lamento en absoluto, porque valía la pena: al llegar, estaba en el nivel A2 y luego ascendí a B2 (…); también contaba con la posibilidad de prepararme para unos exámenes, pero para ello hay que verificar las fechas exactas. Fue una maravillosa experiencia que merece la pena vivir; al contrario que aquí, en ese país uno se ve obligado a hablar en inglés sin otra alternativa, lo cual permite hacer progresos.










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